jueves, 27 de agosto de 2015

Juan Soldado

Olga Vicenta Díaz Castro, Sor Abeja


Juan Soldado.
La vida de Juan Soldado se desconoce y desgraciadamente nadie se ha preocupado de investigar sus antecedentes que, como hombre y como soldado, nos sirvan para emitir un juicio que lo ponga en el lugar que verdaderamente le corresponde. Solo se sabe lo que a  través de los años las gentes cuentan, y con distintas versiones logran infundir en las coincidencias la indignación y mantener perenne el recuerdo de un hecho, que, no siendo el primero en el mundo, debería de haberse olvidado por el oprobio que para Tijuana y para nuestro glorioso ejercito significa el seguirlo propalando.

Así atendiendo a las opiniones y sugerencias que me fueron hechas, solo voy a exponer mi punto de vista con estas breves consideraciones.

Debo advertir que ni mi mente ni mi endeble pluma se atreverán a inventar ni escribir detalles de este caso, del que nadie fue testigo y que solo servirían para llenar las paginas de una de tantas inmundas revistas que se dedican a explotar la morbosidad y los salvajes instintos de gente que se solaza con la desgracia de sus semejantes. Pero aunque no sea muy grato, repetiré algo de lo que oí cuando por primera vez visite la tumba de Juan Soldado.

En el año de 1938 nuestra ciudad se conmovió ante el nefando crimen del que fue víctima una inocente niña de corta edad al ser violada y asesinada, por un miembro del ejercito que después inculpó a un subalterno, un soldado raso llamado Juan.
     
Y hasta la fecha nadie puede asegurar quien de los dos fue el responsable, solo se sabe que esta horrible tragedia provocó protestas, manifestaciones y hasta sangrientos motines.

Personas que aun viven dicen que la misma mujer del soldado Juan, tal vez sin medir las consecuencias, declaró en su contra. Y finalmente fue conducido al Panteón de Puerta Blanca para aplicarle la Ley Fuga.

Otras aseguran que como no se le permitió hablar para defenderse, cuando corrió huyendo de la muerte iba blasfemando y lanzando improperios en contra de quienes lo acusaron y al darle el tiro de gracia maldijo a los que le dieron muerte.


La indignación origina la credulidad

Como entre los que protestaban por este hecho unos estaban a favor y otros en contra, siendo en su mayoría los primeros, no tuvieron otra manera de manifestar su condolencia  que después de ser sepultado, cubrir su tumba de flores y luces  y orar pidiendo el descanso de su  alma. Pero tal vez alguien en el exceso de su culto homenaje lo catalogó como mártir,  y encontrándose en apuros le pidió que le ayudara, y al ser solucionado su problema se dio a la tarea de publicar aquello como milagro, empezando así la credulidad de las gentes, bendiciendo en sus apuros el anima de Juan y se olvidaron de la tumba de la niña, que en realidad merece mas consideración, si es que de inocentes victimas se trata. Y ¿qué decir del dolor sin medida y sin término de los padres de esta pequeña?


Nuestro punto de vista

Si nos ponemos en un plano imparcial y aceptando la posibilidad de que este pobre hombre fuera inculpado por un falso testimonio, no por eso vamos a creer que murió en olor a santidad, ni mucho menos se le pueden atribuir poderes milagrosos que lo dignifiquen para elevarlo a los altares.
     
Y hago esta observación porque por muy elemental que sea nuestra instrucción religiosa todos sabemos que, Santo es aquel que llevando una vida de virtud y de pureza se dedica a seguir las huellas de Cristo, poniendo en practica sus divinas enseñanzas. Además de esto, milagro es un hecho sobrenatural en el que solo interviene Dios con su poder divino, y finalmente recordemos que los santos no hacen milagros, ellos solo ruegan por nosotros para que el Todopoderoso escuche nuestras peticiones, concediéndonos lo que en su infinita misericordia cree que merecemos.
     
Aunque ahora la Parasicología hace concienzudos estudios sobre estos conceptos.


La tumba de Juan Soldado
     
Sobre la tumba de Juan se construyó un cuartito. Ahora este modesto y ruinoso monumento es el punto donde convergen, el fetichismo, la ignorancia, la inmoralidad, el interés y el histrionismo.
     
En mis frecuentes visitas al panteón he presenciado ante esta tumba , incidentes dramáticamente enternecedores, algunos por demás profanos, otros ridículos y hasta chuscos como estos con que termino estas observaciones.
     
Una tarde encontré frente a ella a un ancianito de rostro alegre que me saludó amablemente y al entablar conversación con él le pregunté:
     
-¿Ha venido usted a pagar alguna “manda”?
      
-No, señora, yo vengo a ver que nuevos milagros le han colgado al pobre Juan.
      
-¿Es que no cree usted en sus milagros?
      
 -¡Cómo voy a creer! Señora, venga usted para que vea.
    
Entramos a una pequeña capilla atestada de retablos, tarjetas, retratos, imágenes de santos, papeles escritos, trapos, prendas de vestir sucias y otros inmundos objetos dignos de ser quemados, ya que todo esta dando un aspecto deplorable invadiendo la parte exterior. Sobre el techo está un busto de yeso que representa a un militar que no es Juan, porque de éste no existe ninguna fotografía.
     
El viejecito tomó de aquel montón de cosas un papel y me dijo:
       
-“Señora, lea usted para que vea porqué en mi opinión deberían las autoridades correspondientes haber quitado todo esto.”
     
Tomé el papel y leí lo escrito que copié a la letra: “Te doll grasiasjua soldado pot l milagro qe me isiste, de qe Camilo dejara a Mariana y se viniera a bibir conmigo. Tu de bota Anastacia.”
      
-Pero esto es una irreverencia -le dije- entregándole el papel que él puso en donde estaba.
      
-Pues por el estilo de éste, hay otros que por decencia, más vale que no los lea.
      
-Yo pienso que por respeto a las creencias no han mandado quitar todo esto.
       
-No, no es por eso, es que ¿ve usted esta ánfora o cepo? Pues aquí se juntan las limosnas.
       
-Y que sin lugar a dudas recoge algún sacristán.
       
-No señora, ¿Cómo va a ser posible eso? si las autoridades eclesiásticas no han dado su aprobación para que Juan Soldado sea venerado.
          
-Entonces ese dinero lo recauda alguien para alguna obra de utilidad pública.
          
-Tampoco; porque nunca hemos sabido nada de eso.
       
Y sonriendo maliciosamente continuó:
         
-Es que Juan Soldado tiene un tesorero y a veces una Tesorera que viene a recoger semanariamente  las limosnas y sin duda se las llevan a depositar al Banco, por lo que yo creo que, sucediendo esto durante mas de treinta años, este Juan ha de tener una respetable suma a su nombre.
        
Al oír el gracejo y la ironía del viejecito, hice un esfuerzo para no soltar la risa; y en tanto nos dirigíamos a la puerta para salir, le dije:
     
-No me haga usted reír que estamos en un lugar santo.
     
-No, señora si esto es cosa seria, fíjese que ya tiene el material para levantar otra capilla en el lugar donde dicen que cayó muerto; y de seguro que van a poner otra alcancía grandota para que se le junte más dinero ¡Ah! Si le digo que este es un muertito muy avariento…Je…Je…muy avariento…Je…Je…Je…
     
Asi llegamos a la puerta y al salir no pude más y me puse a reír hasta las lagrimas.
       
La gente que pasaba al oír nuestras risotadas debe de haber pensado que estábamos locos porque, ¿quién sale de un panteón hecho mas pascuas, muriéndose de risa?     
    

Tomado de Narraciones y leyendas de Tijuana, por Olga Vicenta Díaz Castro Sor Abeja. Lito Editorial Fiscal, Segunda Edicion 1981, p.43-48.

Obtenido el 27 de agosto de 2015 de: http://leyendasdetijuana.blogspot.mx/2012/11/olga-vicenta-diaz-castro-sor-abeja.html

miércoles, 26 de agosto de 2015

De los Apeninos a los Andes

Marcelo Birmajer
(Argentina)


Debido a que nos mudamos, tuve que cambiar de colegio a mi pequeño hijo de cinco años. No fue fácil tomar la decisión.Intenté resistir: como los viajes en auto lo marean, propuse a mi esposa llevarlo yo mismo, caminando, hasta su antigua escuela. Si el “Marco” de Edmundo De Amicis caminó de los Apeninos a los Andes para reencontrarse con su madre, ¿por qué no iba a poder yo caminar doscientas cincuenta cuadras con mi hijo a cococho para salvarlo de la tragedia de cambiar de colegio? 

Pero mi esposa imaginó la escena: yo, exánime, desmayado; a merced de transeúntes desconocidos.

—Ya sé —grité como una eureka, imbuido de una convicción mística—. Vivimos en una carpa de lunes a viernes, al lado del mismo colegio. Y los fines de semana, volvemos a la nueva casa.

Pero mi esposa sugirió que yo no sería capaz de recordar sacarme las zapatillas cada vez que ingresara en la carpa, por lo que nuestra vida se tornaría un infierno. Y cuando ya estaba dispuesto a pagar la primera cuota del helicóptero, la decisión gubernamental de robarnos nuestros ahorros dio por tierra con la idea.

De modo que había que cambiarlo de colegio.

—Hablale vos —le dije a mi mujer—. Es fácil; explicale que hay cosas mucho peores: terremotos, tiburones. Contale que los que se pierden en el Triángulo de las Bermudas no vuelven nunca más; mientras que a él, sólo lo vamos a cambiar de colegio.

Mi mujer escuchó en silencio las propuestas y respondió:

—Si le hablo yo, le hablo yo.

Pero no le habló. Pasaban los días y, en ocasiones, no le hablaba porque estaba a punto de comer y no quería ponerlo nervioso, porque justo le había comprado un juguete nuevo y no quería arruinar la sorpresa o porque, en ese momento, no lo veía preparado.

Cuando me dijo que no le quería dar a las diez de la mañana la noticia para que se fuera a dormir tranquilo, supe que tendría que hablar yo.

Me preparé. Compré títeres, un video no violento de la anterior Europa del este y diversos discos compactos. Me dije que, antes de hablarle, le haría llegar el mensaje en forma indirecta. Subliminalmente, mientras jugaba con su Jedi, yo le hacía escuchar la canción "Presente", de Vox Dei: “Todo concluye al fin, nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina”.

Pero no pareció conmoverlo.

Interrumpía un cuento y le decía:

—Hijo, las abejas nacen, se reproducen y, lamentablemente, mueren. Todo cambia. Creo que las marsopas hibernan, es decir, pasan seis meses sin saludarse. Los osos, seguro. ¿Entendés?

Mi hijo pedía que le siguiera leyendo el cuento, afortunadamente escrito por personas normales…

Cuarenta y ocho horas antes de inscribirlo, mi esposa y yo descubrimos que si no le decíamos la verdad, mi hijo llamaría a sus nuevos compañeritos con los nombres de los anteriores.

—Yo se lo digo —dijo por fin mi esposa.

Lo despertó, porque el pobre dormía, le susurró al oído la terrible novedad y lo dejó seguir durmiendo.

—¿Estás segura de que te escuchó?

—Por supuesto —respondió mi mujer. Y se encerró a llorar en el baño.

Velamos junto a su cama: esperábamos verlo levantarse entre pesadillas, gritando el nombre de su última maestra, intentando aferrarse vanamente a los amados compañeritos, a los que nunca más vería. Por la mañana, cuando lo vimos desayunar en paz, supusimos que el mensaje no le había quedado claro.

—No vas a volver al colegio del año pasado —le dije con la voz trémula de dolor.

—Ya sé —dijo mi hijo con la tranquilidad típica de los negadores, liquidando su chocolatada.

Pasamos las siguientes horas como el reo que aguarda su ejecución. ¿Lloraría en la entrada, se quedaría lívido frente a las caras extrañas, sería éste el material de los peores conflictos de su futura vida adulta, estaríamos dándole la imagen de que el mundo es vertiginoso e inseguro? ¡Dios mío!

Finalmente, el hombre, mi hijo de cinco años, entró en su nueva escuela.

Todo parece indicar que jugó y conversó con normalidad. No le noté erupciones ni incoherencias. Como siempre, cuando le pregunté cómo la había pasado, me dijo que esas cosas sólo las hablaba con Batman. Le pregunté si había extrañado su antigua escuela.

—No te preocupes, papá —me dijo—. Si querés, un día te llevo a que te despidas de los otros padres.


Obtenido el 2 de julio de 2015 de: http://planlectura.educ.ar/pdf/literarios/birmajer.pdf

domingo, 9 de agosto de 2015

La Cosa Nostra de las novatadas

El caso de un joven que fue hospitalizado tras una novatada en la UNAM evidencia la cultura de violencia que se vive en esa universidad y en el Politécnico. Surgidas del gangsterismo y los grupos de choque de los años cuarenta, las iniciaciones han normalizado estereotipos de machismo y pandillerismo durante generaciones. Y las autoridades no son inocentes. Ahora piden reglamentar esos ritos, pero desde siempre los permitieron e incluso los fomentaron.

Beatriz Pereyra
8 de agosto de 2015

Foto: Proceso.com.mx
MÉXICO, D.F. (Proceso).- La novatada que los jugadores veteranos del equipo de futbol americano Pumas CU le hicieron a 15 compañeros para que se ganaran un lugar en el equipo, terminó con uno de ellos –Juan Francisco Espinoza Martínez– hospitalizado en estado grave, con neumonitis y quemaduras de segundo grado. El hecho desnudó la cultura de impunidad y violencia que se evidencia en los ritos de iniciación.
El fin de semana pasado, los jugadores seleccionados para integrarse al equipo de Liga Mayor de la UNAM fueron citados por los veteranos para cumplir con una de sus tradiciones más añejas: una violenta admisión en que los aspirantes aceptan los castigos y pruebas que durante todo un día sus propios compañeros les propinan. Entre ellos está realizar ejercicio extenuante y tolerar golpizas. La jornada concluye cuando a los novatos se les cubre el cuerpo –excepto la cara y el área genital– con pintura de aceite.
En el caso de Espinoza Martínez, un muchacho de 19 años que jugó en la categoría Intermedia con los Tigres del CCH Sur, la novatada por poco le cuesta la vida. En el parte médico se señala que el domingo 26 de julio ingresó de urgencia al hospital Adolfo López Mateos del ISSSTE: la pintura lo había intoxicado por vía tópica y por inhalación.
Ante la gravedad del hecho, la Dirección General de Actividades Deportivas y Recreativas (DGADR) de la UNAM informó el jueves 30, en un comunicado, que ya no permitirá que las novatadas a los jugadores de sus equipos de futbol americano pusieran en riesgo su salud. “A partir de ahora, serán reguladas y supervisadas por equipo médico, que dictaminará las actividades a realizar”.
Pero el profesor e investigador de la FES Aragón, Hugo Sánchez Gudiño, percibe otra situación: “El genoma de la violencia es un código de terror que se vuelve un decálogo, un catecismo de funcionamiento de quien desea ingresar al equipo, y que pasa de generación en generación. Las generaciones nuevas lo adoptan, se fortalece, y cuando alguna autoridad intenta algún cambio la resistencia es infranqueable. Se ha permitido durante años, dudo que puedan hacer algo porque cambiar esa mentalidad es muy difícil”, plantea.
Cuando llegó al hospital, Espinoza Martínez presentaba ampollas con secreción purulenta en distintas partes del cuerpo, principalmente hombros y rodillas. Estaba muy débil, ya no podía caminar, no tenía apetito.
El jugador no pudo quitarse la pintura del cuerpo, lo cual impidió que sudara. Este proceso permite regular la temperatura, así que conservó el calor provocado por el ejercicio extenuante que realizó durante 10 horas bajo el rayo del sol. Paralelamente, el hecho de haber respirado la pintura durante horas le ocasionó la neumonitis.
El 28 de julio el jugador entró a quirófano para que, anestesiado, los médicos retiraran con solventes los residuos de tinta impregnada en su cuerpo.
“Tomó casi dos horas hacer la limpieza y después entró al área de cuidados intensivos por un problema de saturación de oxígeno. Cuando se aplican pinturas o solventes que tienen hidrocarburos, éstos se evaporan y se inhalan. Eso inflamó los alvéolos y por eso no estaba respirando bien. Fue intubado para que entrara presión de oxígeno por vía ventilatoria. Y se le tuvo que dar un sedante para que no se resistiera a la intubación, que es muy molesta”, explica el doctor Roberto Baños Tapia, director del hospital del ISSSTE.
–¿El jugador llegó grave?
–Sí –responde el doctor.
–Si no lo hubieran traído al hospital, ¿podría haber fallecido?
–Sí. Llegó grave, con 88.7 de saturación de oxígeno, que debe estar entre 99 y 100%. Menos de eso indica que hay un problema en el pulmón.
Hasta el cierre de esta edición, Espinoza Martínez continuaba en recuperación y se proyectaba que dejara el hospital el domingo 2. Ya se le había retirado el tubo, respiraba por sí solo, estaba consciente, orientado, con funciones neurológicas normales, ya comía y hasta había manifestado su deseo de que lo dieran de alta.
Las quemaduras de segundo grado que presenta en 36% de su cuerpo, sobre todo en tórax y piernas –a consecuencia de la exposición solar y la pintura– tardarán un par de semanas en sanar.
El doctor Baños explica que por la gravedad de las lesiones, el hospital dio parte al Ministerio Público, razón por la cual agentes ministeriales se presentaron el 30 de julio para que el joven rindiera su declaración. Espinoza Martínez les dijo que no deseaba presentar ninguna denuncia.
“Él quiere regresar con sus amigos a jugar. Cuando hay accidentes o lesiones que consideramos que fueron provocadas hacemos el reporte de un caso médico legal. El chico dijo que todo ocurrió en la novatada, con la cual estuvo de acuerdo, y no quiere tener problemas con sus compañeros. Aunque la mamá había dicho que iba a demandar, le toca a él porque es un adulto. Su aspiración es pertenecer al equipo, por eso aceptó”, dice el médico.
Además, Espinoza fue golpeado con chanclas y obligado a lanzarse de la plataforma de 10 metros de la alberca olímpica de Ciudad Universitaria. Todas las pruebas y castigos se realizaron en las instalaciones universitarias, principalmente en el estadio de prácticas Roberto Tapatío Méndez.
Las novatadas son una práctica que se realiza en los equipos de futbol americano de la UNAM desde hace décadas, antes del inicio de cada temporada de Liga Mayor y cuando los jugadores juveniles ascienden a categoría Intermedia. Nadie está obligado a participar en la iniciación, pero quien no acepta o a media novatada decide retirarse queda advertido de que no será aceptado en el equipo.

Delirio de hombría
Los castigos o pruebas pretenden demostrar la hombría de los jugadores. Según sus códigos, quien no es suficientemente “hombre” no es digno de vestir el uniforme de los Pumas. Tampoco se les permite hablar públicamente de lo que ocurre durante una novatada. Sin embargo, las historias llegan a oídos de los más jóvenes, e incluso de los niños y sus padres.
Los más chicos, incluso los de categorías infantiles, tienen como sueño llegar hasta “la P”, es decir, jugar en el equipo de Liga Mayor los cinco años de elegibilidad y concluir su carrera deportiva cuando uno de sus compañeros le ponga una letra P en el lado izquierdo del pecho, tallándole la piel con un pedazo de vidrio, una corcholata o una vara con la punta afilada.
El periodista deportivo Alejandro Zenteno, de Televisa Deportes Network (TDN), fue jugador de futbol americano en la UNAM. Jugó Liga Mayor con las Águilas Reales y luego con Pumas CU, cuando en 1998 los tres equipos de la UNAM se fusionaron en uno.
El jueves pasado Zenteno contó cómo fue su novatada en 1996. La calificó de sádica. Comenzó a las 7 de la mañana con unos manguerazos de agua helada y terminó en la madrugada del día siguiente. A continuación se reproduce el testimonio que dio en el programa Pasión.
“Me recibieron con un tablazo en el pecho. En el estadio Tapatío Mendez fueron tres horas de ejercicio, de agotamiento físico. En los inter (sic) te estaban chancleando y tableando. Todos los veteranos traían tablas y te estaban golpeando, ésa es la verdad. Cuando llega el medio día ya no aguantas los dolores, a veces ya tienes el pecho y las pompas reventadas, sangradas. Te tenías que arrojar de la plataforma de 10 metros, como cayeras. Por ahí de las 4 o 5 de la tarde, cuando ya había pasado lo peor, te pintaban todo el cuerpo, excepto cara y genitales, con pintura de aceite. Nos dijeron ‘despíntense lo antes posible’, lo cual no se puede hacer bañándose. Yo al día siguiente con thinner me tuve que despintar. La piel se daña, se quema. Era un dolor terrible, y así había que entrenar y prepararse para el Clásico.
“A partir de 1998 esto cambió, ya no es tan sádico. Las personas que estuvieron involucradas (en el caso de Juan Francisco) me dicen que el problema con este muchacho es que se quedó con la pintura tres días. Te tienes que despintar como sea porque la pintura es tóxica. Este es un hecho aislado, el primero que sabemos.”
–Cómo exjugador, ¿votarías por abolir esta práctica? –le preguntó el comentarista Eduardo Camarena.
–Yo no estaba de acuerdo con los golpes, en la tortura física, pero la pintura no va más allá.
Otro de los castigos que se ha realizado en las novatadas es realizar los ejercicios desnudos, sólo con los tenis puestos. El esfuerzo es de tal magnitud que los muchachos terminan desmayados, insolados y algunos hasta vomitan. Un reto más consiste en arrancarle de una mordida la cabeza a un sapo o a un pollo vivo. En una ocasión, como no consiguieron pollos, los jugadores llevaron patos. Otros aspirantes son encerrados en una cisterna durante horas, o se les obliga a vestirse con ropa de mujer y pedir dinero en las calles.
A la hora de pintarles el cuerpo les diseñan disfraces de súper héroes, personajes de películas o programas de televisión, y luego los llevan a la Zona Rosa a pedir dinero. Los veteranos fijan la cantidad que deben recolectar. Si lo logran, su “premio” es recibir un minuto de chanclazos en las nalgas. Si no, el perdedor debe decidir durante cuántos minutos golpeará a un compañero.

Historia oscura
El doctor en ciencias políticas Hugo Sánchez Gudiño, autor del libro Génesis, desarrollo y consolidación de los grupos estudiantiles de choque en la UNAM de 1930 a 1990, plantea que el origen de las novatadas se dio en los años cuarenta. Fue la época en que pandilleros, pistoleros y gángsters encontraron refugio en la UNAM, sobre todo en la Preparatoria 1.
“Las novatadas eran el juego de niños de los porros. Eran como días de campo donde humillaban, extorsionaban, golpeaban y hacían escarnio público de los jóvenes de primer ingreso, y tenían el apoyo institucional. La autoridad lo permitía.
“Cerraban las escuelas y se iniciaba la agresión. Les cortaban el pelo, les echaban pintura, gasolina, los vestían de mujer, les quitaban la ropa. Estos grupos de choque eran amigos de los jugadores y éstos vieron con beneplácito estas prácticas. Así ha ido madurando. A más de 50 o 60 años de distancia observamos que esa cultura de la violencia y práctica machista pemanece.”
–¿Qué significado tiene dejarse lesionar con tal de pertenecer a un equipo? –se le inquiere.
–Es como un código pandilleril. Por eso está contextualizado en la época del pistolerismo. Todos los grupos violentos tienen pruebas para que sus elementos puedan ingresar. Como la Mara Salvatrucha o las pandillas del norte y sur del país que tienen vínculos con los cárteles, o las barras bravas. El que entra es por voluntad y acepta ser degradado en su condición de ser humano. Estos equipos de futbol americano son de una institución académica, y parece un contrasentido que sigan una tradición tipo la Cosa Nostra. Esto no debería pasar en la UNAM. Tanto víctimas como victimarios lo han aceptado. Eso permite que siga.
–¿Es posible cambiarlo?
–El porrismo en la UNAM y en el Instituto Politécnico Nacional van de la mano con los equipos de futbol americano. Se podría, con una serie de medidas tomadas desde la Rectoría para sensibilizarlos. A muchos de esos jugadores, desde niñitos, los papás y los hermanos les han inyectado esa adrenalina de la violencia, de tal manera que cuando llegan a la prepa acatan como algo natural que los agredan. La UNAM pregona otros valores y no estos códigos tipo omertá (ley de silencio de la mafia siciliana) que son acciones irracionales.
–¿Esto es violencia aunque digan que no?
–Para ellos no es violencia, pero sí es. Quizá no haya alcanzado la dimensión delincuencial… Pero ahí está la frontera de lo delincuencial: cuando te mandan al hospital.
–¿Qué obtienen los jugadores que se dejan vejar?
–Ser parte del equipo da estatus, fuerza, poder, reconocimiento con las mujeres, respeto en el mundo universitario, prebendas que cualquier joven desea. Son más los privilegios que gana que lo que pierde en la vejación.
–El novato primero es víctima y cuando es veterano será victimario, ¿qué tipo de personas se crean en estos grupos?
–Tengo una lista de 50 personajes que fueron las cabezas visibles de la violencia de los grupos de animación deportiva de esa época de la que hablo. He seguido sus vidas hasta llegar a saber qué hacen ahora. Unos 30 o 35 de ellos aún viven y se reúnen en el centro. He ido a sus reuniones, he escuchado sus pláticas, y la violencia que a ellos les impregnaron la reflejan en sus relaciones sociales.
“Siguen siendo igual o más violentos. No hay una actitud razonada del significado de la violencia, del daño provocado, de esa herencia que dejaron en lo deportivo o político. No dimensionan el daño que han hecho en cientos de víctimas. Ellos son los tatartabuelos de estos muchachos, por eso ahora respiran y transpiran violencia.
“Antes esta violencia se veía como muy normal, pero ahorita es más escandaloso porque estamos en la etapa de la defensa de los derechos humanos, de la transparencia y rendición de cuentas, y por ello no debe pasar inadvertido.”

Obtenido de: http://www.proceso.com.mx/?p=412469

miércoles, 20 de mayo de 2015

"Lacras de la política, material de caricaturas"

Con casi 50 años de trayectoria y más de 10 mil caricaturas, Rogelio Naranjo ha retratado los sucesos y corrupción de los personajes que han marcado la historia de México 


ana.pinon@eluniversal.com.mx

Rogelio Naranjo. (Foto: El Universal).
Rogelio Naranjo ha trazado durante casi 50 años al México que lo asombra por su historia y tradiciones, pero que se empeña en causarle indignación por su enraizada desigualdad económica y la corrupción de sus gobernantes. El primer suceso político social que lo estremeció fue el Movimiento estudiantil de 1968, desde entonces se comprometió con el oficio, con las luchas sociales, con los desamparados y se rebeló en contra de la injusticia.

El caricaturista nacido en Michoacán en 1937 y radicado en la ciudad de México desde que tenía 25 años de edad ha publicado sus cartones en diversas revistas y periódicos, entre ellos EL UNIVERSAL. En medio siglo ha producido más de 10 mil caricaturas, donadas a la UNAM, pero día a día continúa trabajando con las mismas inquietudes, aunque con las dificultades que, dice, trae consigo la vejez.

Los abusos de los líderes sindicales, las políticas económicas que han generado más pobreza en México, el enriquecimiento de políticos y empresarios, el priísmo y sus formas de entender y hacer política, la libertad de prensa, la clase trabajadora, el clero y su indiferencia ante los más necesitados, los presidentes de la República y los derechos humanos, los procesos electorales son sólo algunos de los temas que ha abordado el cartonista.

¿Después de trabajar como dibujante en la Sala de Etnografía del Museo Nacional de Antropología empieza su carrera profesional como cartonista?

Sí, cuando terminó ese trabajo me preocupé por qué iba a pasar conmigo, se iban a acabar las quincenas y empecé a buscar trabajo como caricaturista. Probé en varios lugares y en donde tuve suerte fue en El Día, ahí se empezaron a publicar mis trabajos de manera profesional y a nivel nacional aunque no era muy conocido. Ahí estuve un año y empecé a conocer a otros caricaturistas como Rius, quien era el más importante. El que más me ayudó fue Leonardo Badillo, por él entré al suplemento cultural de El Día. Después me ofrecieron irme como maestro a la Universidad Veracruzana, a la Escuela de Artes Plásticas y todo era miel sobre hojuelas, pero hubo un problema estudiantil y me hice de enemigos porque no querían que un chilango ocupara los espacios que eran para los veracruzanos. Me cansé de eso y me regresé a la ciudad de México para continuar con la caricatura en publicaciones políticas y otras no tanto. No ganaba gran cosa, pero estaba contento con lo que hacía y con los empleos que tenía.


1968 fue un año contundente en su carrera

Estaba el ambiente muy tenso en la ciudad de México y yo tomé de inmediato partido, me uní a los estudiantes de la Universidad y del Politécnico porque estaban exigiendo al gobierno la libertad y muchas cosas así. Y dije, si es lo que yo sé hacer, vamos a dibujar sobre todo eso.

Empecé a hacer muchos dibujos y se los ofrecía gratis a la Universidad, me los aceptaron, pero no tenían dinero, no me importaba. Incluso las impresiones se les regaló a los estudiantes. A mí me daba mucha satisfacción y mucho orgullo poder participar de esa manera en un movimiento popular que aplaudían todos los universitarios. Al poco tiempo de eso llegué al periódico EL UNIVERSAL, donde sigo trabajando desde hace cerca de 50 años. Así ha sido mi vida, la semblanza de un proyecto de caricaturista que resultó con un final feliz porque no todos los caricaturistas tienen suerte.

Usted ha bromeado con la idea de que Rius es el famoso, pero lo cierto es que usted también está en la memoria colectiva como uno de los personajes que ha retratado al país??

Si yo me interesara en hurgar en las cosas que he trabajado, en el éxito que he tenido, seguramente o me desmayo o no sé qué, porque todo eso salió sin que yo lo estuviera buscando. Yo estaba buscando trabajo pero no tenía la intención de ser exitoso ni mucho menos, sé que sí había cierto reconocimiento porque empecé a dibujar en muchas más publicaciones de las que podía y claro, era aceptado mi trabajo por los empresarios, por los dueños de los periódicos, por los periodistas de gran nivel como Manuel Buendía, como Carlos Monsiváis. Todo eso se me vino encima, no me dieron ni siquiera tiempo de sentirme importante, lo que hacía era trabajar y trabajar y trabajar. A veces a las 5 de la mañana empezaba a dibujar y trabajé en casi todas las publicaciones importantes, la gente pudo pensar que eso era el éxito pero ojalá hubiera repartido el trabajo que tenía. Empezaron a llegar los reconocimientos internacionales, pero todo eso acabó con mi capacidad de trabajo, 35 años se me fueron de volada.

Ya estoy viejo, descubrí que tengo una enfermedad relativa a la vejez y ya no veo bien, tengo muchos problemas para ver, para dibujar y ya, ahora con atención médica, ahí más o menos la voy librando pero sí está disminuida la capacidad de ver, algo tan necesario para un dibujante.

¿La enfermedad orilla a valorar más lo que se ha hecho?

Pues yo quiero seguir trabajando como caricaturista porque está totalmente conectado con el de dibujante y yo quiero seguir siendo dibujante. Estoy muy cerca de los 80 años, no me había puesto una fecha para vivir pero creo que 80 son muy buenos para la vida de una persona, pero si me toca tener que rascar un año más, pues bueno…

Ha sido testigo de casi 50 años de historia del país, ¿la historia se repite?

Si es cierto que se repiten muchas cosas, pero cada político, cada gobernante va dejando su sello, y no todos son iguales, siempre van resultando algunas variantes, pero el PRI que tiene 80 años o no sé cuántos de vida, los corruptos políticos aunque siguen siendo los mismos, todas las lacras que vemos en la política mexicana, que es mucha, siempre nos dan la posibilidad de algunas variantes, o si no las inventamos nosotros mismos. En los dibujos estamos creando prototipos que sean significativos o que se emparienten con algunos sucesos de México que también son repetitivos, así que las ideas como caricaturista a lo mejor hasta se siguen repitiendo porque hay imágenes que son muy difíciles de erradicarlas, como el tapado o el corrupto, pero seguirán ahí por mucho tiempo porque así es la política en México.

Hay algunos de los detalles de la política, el caso del petróleo, de los energéticos actualmente, que es una cosa que la gente sí que cree que debería de cambiar, pero hay una cerrazón, es en lo que se han caracterizado los últimos gobiernos de la República, cerrarse, no oír al pueblo. En el caso de Peña Nieto, él podría haber iniciado su gobierno con lo que la gente está pidiendo, pero desde un principio se vio que no le interesaba.

Publicado en El Universal el 9 de agosto de 2014. 

lunes, 20 de octubre de 2014

El umbral de la filera

Cuento de José Manuel Valenzuela Arce

“Es hora”, dice el maistro, y acto seguido, como ritual mecanizado, Conejo comienza a guardar cucharas, carretilla y demás instrumentos de trabajo; después se dirige hacia el tambo, de donde extrae un balde con agua y comienza a lavarse, untándose el jabón que el Guaymas le echa sobre la mano. Paulatinamente, sus tatuajes comienzan a aparecer entre los restos de cal y cemento que se diluyen con el agua.

— ¡Sabadito alegre! —grita el Chispiro, que ya trae las cervezas, y ahí mismo hacen la fogata y ponen sobre el asador la carne, tripitas y cebollas.

—Al rato nos vemos —dice el Conejo—, me voy porque le dije a mi jaina que la iba a llevar a ver una muvi.

— ¡No mames, Conejo! —le increpa el Guaymas—, ya cálmala con la leona, te trae bien zurumato y cacheteando el pavimento, pinchi mandilón.

Después de las peripecias ritualizadas del viaje en camión, Conejo se agasaja con su baño de jicarazo; luego se pone las garras de salir, las lucidoras, las del estilo, las quemadoras; garras acá, firmes. Minutos después se contempla frente al espejo; da una última pasada a sus zapatos con el trapo de franela que lleva en la bolsa, se faja a filera y, bien tumbado, sale a buscar a la Lety.

— ¿Quiúbo, mija, ya está lista?

—Ya casi, se me hizo tarde porque le ayudé a mi jefa con el jale de los tamales; pero aguanta, que de votada me alineo.

— ¿Sabes qué, mija? Mejor al rato regreso, voy a caerle un ratillo a tripear en la esquina y retacho en corto,

A un lado de la tienda de abarrotes, Conejo encuentra a sus homies; sus meros brothers en las buenas y en las malas, quienes como todos los fines de semana se esmeran en el turiqueo y el cuidado del terre.

— ¡Ésele, pinchi Conejo!, ¿qué onda, dónde te habías metido? Ya hasta creíamos que te habían quinceado o que te habías descontado a Los Ángeles. Pinchi amor te pegó recabrón, güey.

Conejo se acerca contoneándose y, mientras saluda a sus amigos, dice despacio, como disculpándose: “Acabo de salir de camellar y neta que la carrilla está machín, pero tengo que alivianar el cantón y, como la flecha es derecha, me cae que ultimora y hasta me arrano.

— ¡Hazte a un lado, güey, que esa pendejada se pega!

— ¡Órale, pinchi Conejo, mejor llégale a la quigua! —y le pasan una cerveza, que él empina hasta el fondo.

— ¡Órale, ése, ahí te llevo con la sed; pareces camello, güey!

—Cálmese, Luisillo, no me deje abajo, que usté es mi mero brother; o qué, ¿no somos carnales desde morrillos y nos hemos hecho paros en guato de broncas y nos esquineamos en los bonos y las quinceadas?

Luisillo y Conejo se abrazan y empinan las caguamas hasta el fondo. Después afloran los inevitables recuerdos: “¿Te acuerdas cuando me hiciste el paro con los de la Líber?”. “Pues claro, ése, ahí fue donde le apagaron el ojo al Monky”. “¿Te acuerdas cuando nos carrucharon en el bono de la Piri?”...
Y así se van introduciendo en el juego cotidiano de tejer recuerdos, a pesar de que la suya es una amistad alimentada del presente, de hazañas extraordinarias, desplantes certeros, venganzas honorables, aracles y torcidas.

Las cervezas son inagotables, como las bromas o los alardes de fuerza y osadía enmarcados por las risas que llegan hasta los límites territoriales controlados por el barrio. Cuando el Conejo ve su reloj ya son las nueve y media.

— ¡En la madre!, ya se me armó con mi ruca.

—No me vayas a dejar abajo, Conejo correlón —dice el Luisito— Desde que andas de caliente ya no la rolas como antes; se me hace que eres puro mandilón.

—Está bueno, ya párale, Luisillo; me voy a quedar otro rato pa que veas que soy firmes, pero conste que se me va armar con mi jaina.

Horas después el grupo continúa en la esquina, bromeando y tomando; los ojos rojos y las palabras arrastradas denotan los estragos de las interminables caguamas, que circulan entre carrilla o halagos al buen placazo del barrio; a sus aventuras, su invencibilidad, sus épicos desmadres.

Conejo y Luisillo enfatizan sus papeles protagónicos frente al grupo, pues ante propios y extraños, en los paros y las broncas, son reconocidos como los mejores del barrio.

En medio de hazañas reales e inventadas, aparece la pregunta inevitable, lanzada por el Juanillo desde su inamovible posición:

“¿Quién es mejor de los dos para los trompos?”, y las opiniones se dividen.

Conejo y Luisillo los escuchan divertidos, abrazándose y haciendo fintas de boxeo. Ante la insistencia de los amigos, Luisillo dice al Conejo con sonrisa de complicidad: “¿Qué onda hommie, nos damos un tiro acá, de compas, para que estos güeyes dejen de estar chingando?”

Al Conejo le entusiasma la idea, así que se abren y comienzan a danzar, marcándose golpes y paladas; pero luego, ya en calor, el tiro se va poniendo más bravo y los puñetazos suenan secos, aunque ellos, indoblegables, no dejan de sonreír y fanfarronear. Paulatinamente, la risa se va desdibujando sin que ellos dejen de pelear, haciendo gala de fuerza y agilidad. Caen al suelo y ahí continúan forcejeando hasta que los separan, pero se levantan y reinician la lucha. Los golpes comienzan a llegar con coraje, pero ya no escuchan las voces que tratan de separarlos. La sangre mancha sus ropas y sus gestos se endurecen. Repentinamente, en un movimiento preciso e imperceptible sólo denunciado por el clic seco que corta la noche, Luisillo saca a filera que lleva fajada y casi al instante truena también la filera del Conejo

Los navajazos rasgan el aire, pero ellos los esquivan con la agilidad animal que han desarrollado en tantas broncas vividas. A Conejo le comienzan a faltar el aire y los reflejos; siente que su condición física privilegiada empieza a fallarle, que el cansancio acumulado del trabajo intenta vencerlo, y no es lo suficientemente rápido para esquivar el cuchillo que entra en su pecho y le llega profundo, como el silencio repentino del barrio.

Luisillo tarda varios segundos en reaccionar; después se abalanza sobre el Conejo y, mientras lo abraza, le grita con voz tierna y llorosa: “! Levántate, Conejo! ¡No me dejes abajo! ¡Guacha, ahí viene la Lety! Levántate, carnal!”

Valenzuela Arce, José Manuel. El umbral de la filera. ICBC, Mexicali, 1993.