miércoles, 7 de noviembre de 2018

El calabazo

Carlos Salazar Herrera
(Costa Rica)

Un día cualquiera, Tito Sandí abandonó su hogar.

Dejó un papel:

“Me voy, no me busquen. Los quiere, Tito.”

Hubo muchas conjeturas entre los vecinos.

“¡Qué extraño! Un hombre tan bueno, tan trabajador, tan cariñoso con su familia. ¿Otra mujer?... ¡Imposible! Tito Sandí adora a su esposa y a su parejita de niños. ¿Qué pudo haber pasado?”

Zoila, la esposa de Tito, quedó abatida; no obstante se hizo cargo, con ingenio y diligencia, de la administración de unas cuantas manzanas de tierra que dejó su marido, las cuales producían lo suficiente par a vivir.

Hecha de adobes, troncos y tejas, en el regazo de una colina, estaba la casa, cuya fachada daba al Poniente. En los atardeceres de marzo, el sol veíase del tamaño de una rueda de carreta pintada con minio, y llenaba la casa de armonías cromáticas; colores planos, audaces y cálidos, como los cuadros del pobre Gauguín.

Y el tiempo pasó, y pasó a grandes zancadas, dejando huellas permanentes en las cosas y en los sentimientos; y desde que Tito se fue, cinco veces el verano derramó colores sobre la casa, sin que se tuviese noticias del ausente, hasta que, cierta calurosa tarde, llamó a la casa de Zoila un hombre desconocido. Era un hombre tranquilo, algo viejo y algo enigmático. Parecía un santo de madera con todos los surcos de la gubia; una figura de ca oba que hablaba, que hablaba despacio, muy despacio, en voz baja y con frases cortas, separadas por silencios angustiosos.

—Buenas tardes... ¿Es usté la señora Zoila de Sandí?

—Pa’servirle.

—Gracias, igualmente. Yo me llamo Juan José Zárate, amigo de su esposo Tito Sandí.

—¿De veras? ¿Sabe usté donde está él?

—Sí, Señora.

—Pase adelante y se sienta, tenga la bondá.

—Gracias... ¡Qué calor est’haciendo!

—Mucho, sí señor.

—...Todos tenemos penas en esta vida. ¿Verdá?

—Sí, mas hay que tener paciencia.

—Así debe ser. Pero mientras haya salú...

—Eso es lo principal.

—...¿Que tal están sus chiquitos?

—Muy bien, a Dios gracias.

—Se llaman Tito y Zoila, como ustedes, ¿verdá?... Me lo dijo su esposo... ¡Uf!... ¡Qué calor!

—¿Quiere un vaso de agua?

—No, Señora. Muchas gracias.

—...Pero, ¡donde está él?

—¿Quién?

—Tito Sandí, mi marido.

—¡Ah!... Sí... Muy lejos, por onde llaman Curridabá... Se quedó allí... Allí quedó.

—Y dígame, ¡por amor de Dios! ¿por qué no viene?, ¿por qué no me escribe?, ¿porqué nos abandonó?, ¿qué hace?, ¿que tal s’encuentra? ¡Cuénteme algo d’él, pronto, por favor! ¿No sabe que hace cincuaños m’estoy muriendo por saber algo de Tito?

El ambiente estaba como saturado de sensiblerías.

Juan José Zárate, con los labios apretados, levantó despaciosamente la cabeza y se puso a recorrer con sus miradas las vigas del techo. Tornó a bajar la vista y, sin mirar a Zoila, dijo con voz más lenta aún, casi en secreto, con frases cortas y siempre separadas por silencios angustiosos:

—Hace tres días... se murió Tito Sandí. Murió... murió leproso... Poco antes de morir me contó que cuando supo que estaba... así, abandonó la familia pa’no pegarle l’enfermedá... Dicen que se pega, pero no es cierto. Tito que dijo qu’él cre que hizo bien. Que no le contó nada a usté, porque usté no lo hubiera dejado irse. Que a la par d’él, siempre hubieran vivido ustedes con miedo... Me dio las señas d’esta casa, y me pidió que viniera a contárselo todo. ¡Ah!, y que no les manda nada, porque no tiene nada que mandarles. Después me dijo una cosa muy rara... y muy bonita: “Que si pudiera mandarles algo, sería un calabazo llenito de lágrimas.”

Cuando Zoila de Sandí se descubrió la cara, que había ocultado entre los pliegues de su delantal, ya Juan José Zárate se había marchado, sumergido en un ocaso como nunca.

martes, 6 de noviembre de 2018

La casa embrujada

Salvador Salazar Arrué (Salarrué)
(El Salvador)

La casa vieja estaba abandonada allí, en el centro del enmontado platanar. La breña bía ido ispiando por las claraboyas que los temblores abrieran para ispiar ellos. Tenía una mediagua embruecadiza, donde hacían novenario perpetuo los panales devotos. En los otros tres lados, ni una puerta; apenas un rellano de empedrado, ya perdido entre el zacate que lambía gozoso las paredes lisas: aquella carne de casa, blanquiza en la escurana vegetal, con un blancor que deja ganas de tristeza y que infunde cariño.

Los mosquitos se prendían en el silencio, como en un turrón. El tejado, musgoso y renegrido, era como la arada en un cerrito tristoso. El viento había sembrado allí una que otra gotera fructífera, con ráices diagua y flores redonditas de sol, que caminaban por el suelo y las paredes del interior. La casa vieja taba dijunta, enderrepente.

Según algunos vecinos, aquel abandono se debía a que laija del viejito Morán, que vivió allí, bía muerto tisguacal. El maishtro Ulalio decía que era porque espantaban: "Sale el espíreto de la Tona", decía; "yo luei visto tres veces: chifla y siacurruca; chifla, y se acurruca: después, mece las mangas y se dentra en el platanar".

Ño Mónico, que estaba loco de una locura mansita —porque hablaba disparates muy cuerdamente—, decía con el aire de importancia y superioridad que lo caracterizaba:

—¡Ah..., no señor..., nuai tales carneros aloyé, nuai tales!... Siesque vinieron los managuas, despacito..., y cerraron las puertas cuando era al mediodía, aloyé. Dejaron adentro a la Noche, que bía venido a beber agua descondidas del sol. Allí la tienen enjaulada, aloyé, y la amarraron con una pita e matate. ¿¡Cómo se va!? Sestá pudriendo diambre: ya giede, aloyé, ¡ya giede! Pasa ispiando por los juracos de la paré; y, cuando nuentran sapos, aguanta hambre. Dende aquí sioyen a veces los destertores de la goma. Se va en friyo, aloyé. Un diya destos va parecer la yelasón derretida por las rindijas. Los managuas la vienen a bombiar todos los diyas, con ronquidos diagua, para joderla más ligero, aloyé...

Los zopes no se paraban nunca en el tejado. A veces el gavilán le hacía un pase, con su cruz de sombra; y dicen que la casa se encogía y pujaba. Taba embrujada. De noche se oiba el juí,juí de una hamaca. Un chucho, que llegó un día a oler la casa, salió dando gritos de gente por el monte y montado en su cola.

Las hojas enormes de los majonchos le hacían cosquillas a la casa con las puntas. Sus sombras, en forma de cejas, se mecían en las paredes, que parecían hacer muecas nerviosas. En un ventanuco que estaba en la culata una araña había enrejado, por si abrían... Las hormigas guerreadoras le habían puesto barba en una esquina. De cuando en cuando, una teja desertaba en el viento. Una tarde en que Ulalio se acercó, le hablaron desde adentro. Puso atención, y oyó la voz, sin entender las palabras: "era como que vaceyan un cántaro" decía, "me dentro un friyo feyo en el lomo y salí a la carrera".

Una vez pasó cerca el cura. Le pidieron consejo y él quiso ir a ver la casa del embrujo. Se apió; y, remangándose la sotana, fue al platanar con Ulalio, la Chana y Julián.

—¿Quién vivió allí?

—El viejito Morán y suija que murió de lumonía. Otros dicen que taba tubreculosa.

El cura llegó hasta la mediagua. Los panales empezaron a confesar su misterio. Abrió sin temor las puertas desvencijadas. El cadáver de la noche, que había quedado recostado en la puerta, se derrumbó hacia afuera. Instintivamente, todos dieron un paso atrás. Rápida, como un rayo de carne, una culebra negra y brillante salió y se perdió en el monte. Los sapos venían saltando hacia afuera, como piedras vivas. Entre los ladrillos verdosos, las rueditas de plata de las goteras se habían hecho hongos. El aire jediondo casi se agarraba con la mano. Una botella olvidada había ido apagando su brillo de puro terror.

El cura mandó a Julián por escobas y empezó a jalar los acapetates con una vara. Se desgajaban, haciéndose tierra. De aquella rama sombría del techo, los murciélagos se desprendían, como hojas, o se volvían a colgar, como frutas pasadas.

El cura estuvo toda la tarde limpiando la casa. Bendijo un tarro de agua y lo regó por todas partes. Sacó un libro y susurró latines. Clavó una cruz de palo en un pilar y ordenó que se dejaran abiertas las puertas para que oreara, que se desenmontaran los contornos, que se cogieran las goteras, se plantaran flores en el suelo y se colgaran macetas de las vigas.

Días después, el cura pudo ver la casa resucitada. El patio liso y barrido, las enredaderas trepándose por las paredes y las macetas colgadas de las vigas. Sonriente y gordo, palmeó en la espalda de Ulalio y le dijo:

—¿Conque, embrujada, eh?...

—¡No creya Padre, entuavía sioye un bisbiseyo!

No tenía pasta

Luis Gudiño Kramer
(Argentina)

Cuando mi compadre González jue nombrau jefe de policia de la capital, me hizo nombrar comisario en Santo Tomé. Yo andaba galguiando de pobre y fui. La comisaría en esos años era un pobre rancho, con un milico cansau, y dos cabayos reyunos.

Una noche de invierno, estábamos con el soldau, aburridos, cuando cayeron dos linyeras a pedir permiso para pasar la noche. Venían hambriaus, los pobres, y yo, ¿qué les iba a dar? Si andábamos casi lo mismo. Pero les di un alce. Les dije que juesen y se rebuscasen por las quintas, y volvieran temprano, que los íbamos a esperar.

Salieron los hombres y al rato nomás, ya sentimos dos tiros de escopeta.

Por detrás de los hombres, cayó un quintero a dar cuenta. Menos mal que no los vio, ni gritaron las gallinas.

Las plumas de las batarazas, que el gringo decía que tenía a punto de mandar a la exposición, que eran finas y vaya a saber cuántas otras ponderaciones, las tiramos en la letrina. Hicimos un puchero, comimos, y como después de medianoche pasaba un carguero, los hicimos embarcar a los linyeras y nos volvimos tranquilos. Recuerdo que los pobres, antes de subir al vagón, me dijeron: "Usté es un hombre gaucho. Nunca nos vamos a olvidar de usté."

Ya en la comisaría, al ir a anotar la denuncia del gringo, por las dudas, vimos que nos habían llevau el tintero, y caímos en la cuenta que también nos habían robau los cuchillos.

Después me trasladaron al Alto Verde. Nos culpaban de no vigilar y los gringos se quejaban de los robos de gallinas.

En el Alto Verde, estaba una mañana tranquilo, durmiendo, cuando me despierta el ruido de unas bombas. Como el río es angosto, se siente patente cualquier buya de la ciudá. Me levanto y le pregunto a unos guitarreros, que tenía presos porque habían andau haciendo barullo en el boliche:

--¿Qué será, muchachos, esta buya?

--Es por el 9 de julio, comisario -me contestaron...

--La pucha...Me había olvidau...

Bueno, dije, vamos a tirar unas bombas, siquiera. Pero, ¿de ánde yerba?

Entonces pensé en hacer unas descargas, pero no tenía más que cuatro carabinas de un tiro, y nosotros, con el melico, éramos dos, apenas. Nos fuimos, pues, con los presos y desde el borde de las barrancas hicimos unas descargas. Retumbaban los tiros en el agua. La gente de la vecindá comenzó a asomarse por las ventanitas de sus ranchos, los cogotes largos. Entonces los mandé a los guitarreros a buscar los instrumentos, bajo palabra, y mandé buscar un asau, un poco de vino y galleta.

Reuní a la gente, y festejamos el 9 de Julio. Viera qué farra se hizo. A la tarde estaba la gente alegre, y me pidieron permiso para hacer unos tiritos a la taba. Y le metimos nomás. Al anochecer hicimos baile, y hubiera visto, a los guitarreros, chispiaus, meta música, y la mozada divertida que daba gusto. Hasta se payó, amigo.

En lo mejor se nos presenta el sumariante, que venía por los detenidos. Lo invité a quedarse un rato, pa hacerle honor a la fiesta, pero el hombre cuando vio a los guitarreros contentos, cantando, y la mesa de monte en el medio de la calle, alumbrada por un Sol de Noche, me miró feo, y me dijo:

--Comisario. Esto no lo hace ni Paco Bustos. Renuncie amigo. Será mejor...

Yo no sé quien será el Bustos ese ¿no?, pero pa evitarme disgustos y no hacer quedar mal a mi pariente, renuncié. Y acá estoy, sin empleo.


Fuente: GUDIÑO KRAMER, LUIS, Cuentos de Fermín Ponce. Buenos Aires, Hoy en la Cultura, 1965 (págs. 63-64)

jueves, 27 de agosto de 2015

Juan Soldado

Olga Vicenta Díaz Castro, Sor Abeja


Juan Soldado.
La vida de Juan Soldado se desconoce y desgraciadamente nadie se ha preocupado de investigar sus antecedentes que, como hombre y como soldado, nos sirvan para emitir un juicio que lo ponga en el lugar que verdaderamente le corresponde. Solo se sabe lo que a  través de los años las gentes cuentan, y con distintas versiones logran infundir en las coincidencias la indignación y mantener perenne el recuerdo de un hecho, que, no siendo el primero en el mundo, debería de haberse olvidado por el oprobio que para Tijuana y para nuestro glorioso ejercito significa el seguirlo propalando.

Así atendiendo a las opiniones y sugerencias que me fueron hechas, solo voy a exponer mi punto de vista con estas breves consideraciones.

Debo advertir que ni mi mente ni mi endeble pluma se atreverán a inventar ni escribir detalles de este caso, del que nadie fue testigo y que solo servirían para llenar las paginas de una de tantas inmundas revistas que se dedican a explotar la morbosidad y los salvajes instintos de gente que se solaza con la desgracia de sus semejantes. Pero aunque no sea muy grato, repetiré algo de lo que oí cuando por primera vez visite la tumba de Juan Soldado.

En el año de 1938 nuestra ciudad se conmovió ante el nefando crimen del que fue víctima una inocente niña de corta edad al ser violada y asesinada, por un miembro del ejercito que después inculpó a un subalterno, un soldado raso llamado Juan.
     
Y hasta la fecha nadie puede asegurar quien de los dos fue el responsable, solo se sabe que esta horrible tragedia provocó protestas, manifestaciones y hasta sangrientos motines.

Personas que aun viven dicen que la misma mujer del soldado Juan, tal vez sin medir las consecuencias, declaró en su contra. Y finalmente fue conducido al Panteón de Puerta Blanca para aplicarle la Ley Fuga.

Otras aseguran que como no se le permitió hablar para defenderse, cuando corrió huyendo de la muerte iba blasfemando y lanzando improperios en contra de quienes lo acusaron y al darle el tiro de gracia maldijo a los que le dieron muerte.


La indignación origina la credulidad

Como entre los que protestaban por este hecho unos estaban a favor y otros en contra, siendo en su mayoría los primeros, no tuvieron otra manera de manifestar su condolencia  que después de ser sepultado, cubrir su tumba de flores y luces  y orar pidiendo el descanso de su  alma. Pero tal vez alguien en el exceso de su culto homenaje lo catalogó como mártir,  y encontrándose en apuros le pidió que le ayudara, y al ser solucionado su problema se dio a la tarea de publicar aquello como milagro, empezando así la credulidad de las gentes, bendiciendo en sus apuros el anima de Juan y se olvidaron de la tumba de la niña, que en realidad merece mas consideración, si es que de inocentes victimas se trata. Y ¿qué decir del dolor sin medida y sin término de los padres de esta pequeña?


Nuestro punto de vista

Si nos ponemos en un plano imparcial y aceptando la posibilidad de que este pobre hombre fuera inculpado por un falso testimonio, no por eso vamos a creer que murió en olor a santidad, ni mucho menos se le pueden atribuir poderes milagrosos que lo dignifiquen para elevarlo a los altares.
     
Y hago esta observación porque por muy elemental que sea nuestra instrucción religiosa todos sabemos que, Santo es aquel que llevando una vida de virtud y de pureza se dedica a seguir las huellas de Cristo, poniendo en practica sus divinas enseñanzas. Además de esto, milagro es un hecho sobrenatural en el que solo interviene Dios con su poder divino, y finalmente recordemos que los santos no hacen milagros, ellos solo ruegan por nosotros para que el Todopoderoso escuche nuestras peticiones, concediéndonos lo que en su infinita misericordia cree que merecemos.
     
Aunque ahora la Parasicología hace concienzudos estudios sobre estos conceptos.


La tumba de Juan Soldado
     
Sobre la tumba de Juan se construyó un cuartito. Ahora este modesto y ruinoso monumento es el punto donde convergen, el fetichismo, la ignorancia, la inmoralidad, el interés y el histrionismo.
     
En mis frecuentes visitas al panteón he presenciado ante esta tumba , incidentes dramáticamente enternecedores, algunos por demás profanos, otros ridículos y hasta chuscos como estos con que termino estas observaciones.
     
Una tarde encontré frente a ella a un ancianito de rostro alegre que me saludó amablemente y al entablar conversación con él le pregunté:
     
-¿Ha venido usted a pagar alguna “manda”?
      
-No, señora, yo vengo a ver que nuevos milagros le han colgado al pobre Juan.
      
-¿Es que no cree usted en sus milagros?
      
 -¡Cómo voy a creer! Señora, venga usted para que vea.
    
Entramos a una pequeña capilla atestada de retablos, tarjetas, retratos, imágenes de santos, papeles escritos, trapos, prendas de vestir sucias y otros inmundos objetos dignos de ser quemados, ya que todo esta dando un aspecto deplorable invadiendo la parte exterior. Sobre el techo está un busto de yeso que representa a un militar que no es Juan, porque de éste no existe ninguna fotografía.
     
El viejecito tomó de aquel montón de cosas un papel y me dijo:
       
-“Señora, lea usted para que vea porqué en mi opinión deberían las autoridades correspondientes haber quitado todo esto.”
     
Tomé el papel y leí lo escrito que copié a la letra: “Te doll grasiasjua soldado pot l milagro qe me isiste, de qe Camilo dejara a Mariana y se viniera a bibir conmigo. Tu de bota Anastacia.”
      
-Pero esto es una irreverencia -le dije- entregándole el papel que él puso en donde estaba.
      
-Pues por el estilo de éste, hay otros que por decencia, más vale que no los lea.
      
-Yo pienso que por respeto a las creencias no han mandado quitar todo esto.
       
-No, no es por eso, es que ¿ve usted esta ánfora o cepo? Pues aquí se juntan las limosnas.
       
-Y que sin lugar a dudas recoge algún sacristán.
       
-No señora, ¿Cómo va a ser posible eso? si las autoridades eclesiásticas no han dado su aprobación para que Juan Soldado sea venerado.
          
-Entonces ese dinero lo recauda alguien para alguna obra de utilidad pública.
          
-Tampoco; porque nunca hemos sabido nada de eso.
       
Y sonriendo maliciosamente continuó:
         
-Es que Juan Soldado tiene un tesorero y a veces una Tesorera que viene a recoger semanariamente  las limosnas y sin duda se las llevan a depositar al Banco, por lo que yo creo que, sucediendo esto durante mas de treinta años, este Juan ha de tener una respetable suma a su nombre.
        
Al oír el gracejo y la ironía del viejecito, hice un esfuerzo para no soltar la risa; y en tanto nos dirigíamos a la puerta para salir, le dije:
     
-No me haga usted reír que estamos en un lugar santo.
     
-No, señora si esto es cosa seria, fíjese que ya tiene el material para levantar otra capilla en el lugar donde dicen que cayó muerto; y de seguro que van a poner otra alcancía grandota para que se le junte más dinero ¡Ah! Si le digo que este es un muertito muy avariento…Je…Je…muy avariento…Je…Je…Je…
     
Asi llegamos a la puerta y al salir no pude más y me puse a reír hasta las lagrimas.
       
La gente que pasaba al oír nuestras risotadas debe de haber pensado que estábamos locos porque, ¿quién sale de un panteón hecho mas pascuas, muriéndose de risa?     
    

Tomado de Narraciones y leyendas de Tijuana, por Olga Vicenta Díaz Castro Sor Abeja. Lito Editorial Fiscal, Segunda Edicion 1981, p.43-48.

Obtenido el 27 de agosto de 2015 de: http://leyendasdetijuana.blogspot.mx/2012/11/olga-vicenta-diaz-castro-sor-abeja.html

miércoles, 26 de agosto de 2015

De los Apeninos a los Andes

Marcelo Birmajer
(Argentina)


Debido a que nos mudamos, tuve que cambiar de colegio a mi pequeño hijo de cinco años. No fue fácil tomar la decisión.Intenté resistir: como los viajes en auto lo marean, propuse a mi esposa llevarlo yo mismo, caminando, hasta su antigua escuela. Si el “Marco” de Edmundo De Amicis caminó de los Apeninos a los Andes para reencontrarse con su madre, ¿por qué no iba a poder yo caminar doscientas cincuenta cuadras con mi hijo a cococho para salvarlo de la tragedia de cambiar de colegio? 

Pero mi esposa imaginó la escena: yo, exánime, desmayado; a merced de transeúntes desconocidos.

—Ya sé —grité como una eureka, imbuido de una convicción mística—. Vivimos en una carpa de lunes a viernes, al lado del mismo colegio. Y los fines de semana, volvemos a la nueva casa.

Pero mi esposa sugirió que yo no sería capaz de recordar sacarme las zapatillas cada vez que ingresara en la carpa, por lo que nuestra vida se tornaría un infierno. Y cuando ya estaba dispuesto a pagar la primera cuota del helicóptero, la decisión gubernamental de robarnos nuestros ahorros dio por tierra con la idea.

De modo que había que cambiarlo de colegio.

—Hablale vos —le dije a mi mujer—. Es fácil; explicale que hay cosas mucho peores: terremotos, tiburones. Contale que los que se pierden en el Triángulo de las Bermudas no vuelven nunca más; mientras que a él, sólo lo vamos a cambiar de colegio.

Mi mujer escuchó en silencio las propuestas y respondió:

—Si le hablo yo, le hablo yo.

Pero no le habló. Pasaban los días y, en ocasiones, no le hablaba porque estaba a punto de comer y no quería ponerlo nervioso, porque justo le había comprado un juguete nuevo y no quería arruinar la sorpresa o porque, en ese momento, no lo veía preparado.

Cuando me dijo que no le quería dar a las diez de la mañana la noticia para que se fuera a dormir tranquilo, supe que tendría que hablar yo.

Me preparé. Compré títeres, un video no violento de la anterior Europa del este y diversos discos compactos. Me dije que, antes de hablarle, le haría llegar el mensaje en forma indirecta. Subliminalmente, mientras jugaba con su Jedi, yo le hacía escuchar la canción "Presente", de Vox Dei: “Todo concluye al fin, nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina”.

Pero no pareció conmoverlo.

Interrumpía un cuento y le decía:

—Hijo, las abejas nacen, se reproducen y, lamentablemente, mueren. Todo cambia. Creo que las marsopas hibernan, es decir, pasan seis meses sin saludarse. Los osos, seguro. ¿Entendés?

Mi hijo pedía que le siguiera leyendo el cuento, afortunadamente escrito por personas normales…

Cuarenta y ocho horas antes de inscribirlo, mi esposa y yo descubrimos que si no le decíamos la verdad, mi hijo llamaría a sus nuevos compañeritos con los nombres de los anteriores.

—Yo se lo digo —dijo por fin mi esposa.

Lo despertó, porque el pobre dormía, le susurró al oído la terrible novedad y lo dejó seguir durmiendo.

—¿Estás segura de que te escuchó?

—Por supuesto —respondió mi mujer. Y se encerró a llorar en el baño.

Velamos junto a su cama: esperábamos verlo levantarse entre pesadillas, gritando el nombre de su última maestra, intentando aferrarse vanamente a los amados compañeritos, a los que nunca más vería. Por la mañana, cuando lo vimos desayunar en paz, supusimos que el mensaje no le había quedado claro.

—No vas a volver al colegio del año pasado —le dije con la voz trémula de dolor.

—Ya sé —dijo mi hijo con la tranquilidad típica de los negadores, liquidando su chocolatada.

Pasamos las siguientes horas como el reo que aguarda su ejecución. ¿Lloraría en la entrada, se quedaría lívido frente a las caras extrañas, sería éste el material de los peores conflictos de su futura vida adulta, estaríamos dándole la imagen de que el mundo es vertiginoso e inseguro? ¡Dios mío!

Finalmente, el hombre, mi hijo de cinco años, entró en su nueva escuela.

Todo parece indicar que jugó y conversó con normalidad. No le noté erupciones ni incoherencias. Como siempre, cuando le pregunté cómo la había pasado, me dijo que esas cosas sólo las hablaba con Batman. Le pregunté si había extrañado su antigua escuela.

—No te preocupes, papá —me dijo—. Si querés, un día te llevo a que te despidas de los otros padres.


Obtenido el 2 de julio de 2015 de: http://planlectura.educ.ar/pdf/literarios/birmajer.pdf